Nuevo mandón en la presidencia de México

Enrique Dávalos, Pachuca, 2 de julio, 2018

En los últimos años, las crisis económicas y políticas y el descontento y la movilización popular han cuestionado la reproducción del sistema capitalista neoliberal; Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no viene a destruir tal sistema sino a contener la ira popular y a administrar el neoliberalismo con un toque “populista.”

Aquí por populista entendemos lo que antes llamaban “keynesianismo” o “estado de bienestar”, es decir que una parte de los recursos públicos y de las políticas de gobierno sean utilizados para tratar de aliviar las calamidades que devoran al pueblo mexicano: bajos salarios, pobreza, desigualdad, despojo, desmantelación de los servicios públicos y niveles de corrupción y violencia sin precedentes; todo esto sin tocar los fundamentos del sistema capitalista neoliberal que producen tales calamidades. En otras palabras, AMLO vendrá a administrar los negocios de las empresas capitalistas tratando de limpiar el hedor a muerte, sangre, cinismo y corrupción que hoy despide el estado mexicano. ¿Cómo podrá hacerlo? A cambio de estos servicios, el nuevo gobierno demandará una tajada más grande del pastel capitalista y un poco más de recursos para proporcionar cierto sentido de alivio en primer lugar a la empobrecida y desmoralizada clase media, y en segundo lugar para ensayar una redistribución de la riqueza menos elitista que la seguida por los últimos gobiernos priistas y panistas.

Con un triunfo en las urnas logrado gracias a la movilización electoral popular, la trayectoria del nuevo gobierno está aún en el aire; la fuerza, contundencia y autonomía de los movimientos sociales que hoy definen buena parte de la política en México determinarán el futuro de AMLO. Es evidente que las perspectivas de una explosión popular desvelan a la élite que gobierna el país. La llamada “ley de seguridad interior” apenas aprobada por el congreso así lo indica. Es evidente también que los líderes políticos y empresariales en México tratarán de utilizar al gobierno de AMLO para “desinflar” la ira popular. El desenlace es incierto; la inclinación del nuevo gobierno más a la izquierda o a la derecha, más neoliberal o más populista, están por definirse. AMLO dice seguir la tradición de Francisco Madero, el presidente que derrotó al dictador Porfirio Díaz en 1911. Pero, como Madero, ¿tratará de “complacer a todos”, es decir, de mediatizar los conflictos que abruman al país? Pero, como Madero, AMLO parece que controlará el gobierno más no el estado. Entonces, la lucha de clases que derrumbó estrepitosamente al gobierno de Madero, también estará presente presionando por todos lados y en todas direcciones al gobierno de AMLO.

La moneda pues, está en el aire. Lo que sabemos es que el nuevo gobierno no se propone destruir el capitalismo neoliberal pero sí cambiar el estilo de gobernar. AMLO ganó porque el régimen socio político de México está en crisis y se requieren nuevas fuerzas y nuevas figuras que lo apuntalen. Pero los desafíos son enormes pues 35 años de neoliberalismo han sido un desastre y, como dice el dicho, México está muy lejos de dios y muy cerca de Estados Unidos. Primero, después de saquear al país, destruir la agricultura nacional y devaluar el valor del salario con el Tratado de Libre Comercio (TLCAN), ahora Estados Unidos pone en jaque a la economía nacional cuestionando ese tratado. Segundo, está el Plan Mérida que fue impuesto por el gobierno de Estados Unidos para controlar militarmente América del Norte y Centroamérica, reorganizar el negocio del narco y para tratar de destruir el tejido social y los movimientos sociales que en 2006 golpearon con tanta fuerza al régimen, como por ejemplo la APPO en Oaxaca. Los efectos del Plan Mérida están a la vista: una violencia y un río de sangre no visto en México desde la Revolución Mexicana de 1910-1940. Y no es creible que Estados Unidos (y los narcos) vayan a aceptar sin resistencia un cambio a esta política de muerte. La mezcla del TLCAN y el Plan Mérida han engendrado, en especial un tipo de violencia brutal contra las mujeres que alimenta los feminicidios. En tercer lugar están las llamadas “reformas estructurales” impuestas también por Estados Unidos en complicidad con el gobierno de Peña Nieto y los principales partidos políticos de México: PRI, PAN y PRD. Estas reformas debilitaron aún más el ya empobrecido salario, saquearon el petróleo, que era la principal fuente de ingresos del estado mexicano, y dieron lugar a los llamados “gasolinazos,” esos incrementos graduales al precio de la gasolina que tanto ofendieron al pueblo mexicano. Las “reformas” malbarataron el territorio nacional y han permitido el despojo de tierras y aguas de los pueblos indígenas para el florecimiento de los llamados megaproyectos de todo tipo, en especial las minas a cielo abierto y las perforaciones profundas tipo fracking. Esas reformas que tanto han indignado a la opinión pública en México asfixiaron el sistema de salud hasta convertirlo en un parapeto más publicitario que un servicio público. La llamada “Reforma Educativa” además empezó un proceso que pretendía ser una súbita y brutal privatización del sistema de educación y de anulación de los derechos laborales del magisterio. El avance de esta “reforma” ha sido frenada en parte por la heroica lucha del magisterio, de la CNTE en primer lugar.

¿Cómo actuará el gobierno de AMLO ante tales desafíos? ¿Vienen meses de redefinición o reafirmación?

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